Timor et tremor: la pintura de Roger Zamora.

Dr. Jacques Sagot. / Escritor / Conferencista

Brazos nervudos y pujantes. Tilintes por el trabajo. Ese trabajo de los músculos tensados al límite: el único que muchos seres humanos pueden vender. Recias urdimbres, apretados tejidos de músculos, sí, y de tendones, venas y nervios: toda la desnuda belleza de la humana anatomía, tan desnuda que ni piel lleva, porque lo que en ella canta es ese subsuelo irrigado por la sangre, ese que no es, que jamás podrá ser profanado por la cosmética. El gesto del sembrador, los dedos hiperbólicamente alargados, cual si se tratase de pianistas, desperdigando la simiente sobre los surcos labrantíos. Hombres pegados a su tierra, indisociables de ella. Campesinos enjutos y cavilosos, pero nunca quebrados, nunca vencidos. Todo, en esta pintura delirante y brutal, tiene que ver con el cuerpo humano. Todo en ella es himno y canto al cuerpo, aún cuando torturado y retorcido, como para poner más de relieve algunos de sus componentes. Un rostro entre dos trompas de Falopio, que constituyen una especie de carnal y místico cáliz. Siniestras alusiones al poder político, al represivo, el violento, el masacrador de seres humanos, ese que se burla de nuestra flamante Declaración Universal de los Derechos Humanos cada vez que le place, cada vez que la codicia lo incendia. Raza de seres monstruificados por la comida chatarra, obesas criaturas que las gaseosas y hamburguesas han transformado en algo escalofriantemente parecido a los hombres-cerdos, la horrorosa quimera, el híbrido biológico que prohíja el doctor Moreau en la novela de H. G. Wells. Quimeras y más quimeras, sí, algo así como una perturbadora galería de gárgolas góticas: seres humanos con excrecencias animales, entomológicas, entomológicas, reptílicas. Y luego las otras quimeras, esas de las que nos habla Baudelaire en su poema en prosa “À chacun sa chimère”: la quimera de los sueños que se llevan en enorme bolsa a la espalda, que pesa, que nos aplasta, y que debemos transportar por doquier, porque ella contiene el combustible de ilusión y fantasía necesario para seguir adelante con esa misteriosa aventura que llamamos Vida. Lo orgánico, lo inorgánico, lo putrescente, lo que se deshace a ojos vista. La vida integrándose y desintegrándose sucesivamente: la gelatina corporal, viscosa, semilíquida del cadáver, que también es -terrible ironía- el estado físico transitorio del feto que va coagulando en el vientre materno. El útero y el sepulcro: dos tumbas, y dentro de ellos, la vida solidificándose o deliquesciendo. Dos estados transitivos, sí, y por ello mismo ambiguos, anfibológicos, perturbadores. Seres que intentaron volar, pero que vemos -¡ay!- tan a menudo postrados. Fragmentos corporales como los de Géricault que se transmutan unos en otros: una pierna que a primera vista simula una vagina, Las líneas rectas, horizontales, asociadas a la fuerza de la voluntad, a la decisión, a la acción, a la determinación, viriles y por poco belicosas. Las espaldas tan a menudo destrozadas y transformadas en manos virtuales, el cuerpo atormentado, supliciado, retorcido, pero que pese a todo su dolor no cesa de cantar su plenitud: los volúmenes son exuberancias de la carne, apoteosis de la carne, hipertróficos retoños de la carne. Seres humanos-capullos, seres que, en medio de su retorcida postura, duermen con una sonrisa beatífica en la boca, y los rostros arrullados por la paz. Hombres-vegetales como los de Arcimboldo: diríase que para Roger todo cuanto es natura se transfigura y fecunda recíprocamente. Los reinos animal, vegetal y mineral se interpenetran. Lo interior y lo exterior se confunden, como diría Baudelaire, “en una profunda y tenebrosa unidad”. La piel y la víscera: nunca sabemos con certeza en qué momento pasamos del exterior al exterior y viceversa. Todo se inscribe dentro de una dinámica y una economía interior-exterior: la víscera se hace piel, la piel deviene víscera. Las figuras, ora teratológicas y glutinosas, ora épicas y altivas, coexisten en el universo del artista: todo cuanto en el hombre hay de blando, de delicuescente, pero también de tenazmente óseo y por poco, pétreo. En el mundo de Roger nada es lo que en primera instancia parece, pero más aún, tampoco es lo que revela ser en segunda instancia: cada lienzo propone una multiplicidad de lecturas: son plurívocos y polisémicos. A decir verdad, ¿cuál es la primera y la segunda instancia de la contemplación, en una pintura tan caleidoscópica como esta? Una celebración de la corporeidad, del músculo, del cuerpo humano, sí, pero únicamente en tanto que animado por el espíritu. Una verdadera orgía, una bacanal de formas y colores, un enamoramiento profundísimo con el cuerpo en lo que este tiene de más visceral, y también una enérgica denuncia a las ataduras (brazos y manos amarrados) que el mundo le impone, o que el individuo mismo, en una de sus paradójicas pero frecuentes campañas de sabotaje, se autoinflige. Esto y mil cosas más es la pintura de Roger. Un terremoto de magnitud 7,5 en la escala de las grandes conmociones estéticas. Con tsunami incluido, por cierto. Un mysterium tremendum et fascinans, lo que Eliade llamaba una kratofanía: algo que al mismo tiempo nos inspira terror y fascinación: la peligrosísima hipnosis de los abismos. Pintura estremecedora. No hará nuestros sueños más placenteros, pero a buen seguro los tornará más lúcidos.



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